
Cuando el dolor pide ser sentido
El dolor de otros nos conmueve porque, consciente o inconscientemente, todos tenemos la capacidad de sentir a quienes nos rodean.
A continuación, hablaremos de tres formas distintas en que las personas reaccionan frente al dolor ajeno y de cómo centrarnos para ser un apoyo real, tanto para nosotros mismos como para los demás, en momentos de crisis o dolor interno.
La forma en que reaccionamos ante el dolor de otros varía de persona a persona.
Algunas personas, más empáticas, sienten el dolor del otro como si fuera propio, haciéndose una con lo que el otro experimenta. Cuando esto se realiza de manera consciente, puede aportar información valiosa que beneficie tanto a quien acompaña como a quien atraviesa el dolor. Sin embargo, cuando no hay consciencia, muchas veces terminamos emocionalmente sobrepasados, sin claridad para tomar decisiones asertivas que nos sostengan a nosotros y a los demás. En estos casos, confundimos el dolor del otro con el nuestro.
Otras personas optan por alejarse lo antes posible de los espacios de sufrimiento, ya que estos las confrontan con su propio dolor no resuelto. Evitan sentir porque aún no han podido abrazar aquellas partes internas que les duelen. En este caso, no se trata de falta de empatía, sino de una incapacidad momentánea de estar en presencia con ese dolor.
Las personas que no logran contener el dolor de otros no son “malas” ni “insensibles”. Simplemente son personas que aún necesitan atravesar su propio proceso de sentir y sanar para poder estar disponibles emocionalmente para otros.
Finalmente, hay quienes no logran empatizar en absoluto porque están profundamente desconectados de su propio dolor de manera consciente. Una forma común de esta desconexión es el uso de medicamentos que permiten “mantenerse a flote” y sobrevivir —sin juicio— dentro de una estructura social que no está diseñada para el gozo, sino para la supervivencia: extensas jornadas laborales, altos costos de vida, exigencias constantes, entre otros factores.
Ante esto, no puedo sino empatizar con las millones de personas que viven bajo este paradigma de supervivencia, que deja poco espacio para el disfrute de la experiencia de vivir y para conectar con los sueños más simples, bajo la sensación de seguridad de que lo básico para sobrevivir ya está garantizado. Pero ese es otro tema.
Dolor: indicador interno que nos dice “mírame”. Hay algo aquí que necesita ser observado para recuperar la armonía natural.
¿Por qué es relevante este tema?
Porque basta con mirar a nuestro alrededor —y mirarnos a nosotros mismos— para notar que hay dolor en todas partes. Tanto, que hemos llegado a normalizar el sufrimiento humano como “parte de la vida”, o a creer que “no se puede estar feliz todo el tiempo”.
Más aún, cuando alguien nos dice que está estresado, triste, agobiado o complicado, parece ser mucho más frecuente que cuando alguien expresa sentirse pleno, agradecido o en paz. Esto refleja lo que ocurre a nivel individual y, como consecuencia, a nivel colectivo.
¿Qué hacer ante esta situación?
El primer paso —y lo que propone este texto— es hacernos conscientes de nuestro propio dolor interno.
De esa parte de nosotros que necesita ser vista, escuchada, sentida. Esa parte que puede estar diciendo: “te olvidaste de tus sueños”, “ya no haces lo que amas”, “dejaste de cuidarte”, “no te permites amar ni ser amado”, “no estás gozando la vida”.
El dolor es un guía. Nos muestra dónde mirar, dónde sentir, dónde poner atención. Una vez que comprendemos el mensaje que trae, el dolor deja de ser necesario.
Al permitirnos sentir y observar sin juicio, podemos tomar decisiones alineadas con nuestra sabiduría interna, que siempre apunta hacia nuestra plenitud y conexión con lo que somos.
Lloramos, expresamos nuestra angustia, sentimos la frustración, reconocemos la rabia reprimida, decimos o escribimos aquello que no nos permitíamos expresar por miedo a no ser aceptados. Somos honestos con nosotros mismos.
De esta forma, nos convertimos en nuestros propios terapeutas.
Porque la sanación ocurre a través de la presencia incondicional.
Estar con nosotros mismos sin juicio es, en primera y más importante instancia, todo lo que necesitamos para armonizarnos y volver a alinearnos.
¿Duele sentir nuestro dolor interno?
Sí, por supuesto.
Pero al permitirnos sentir, lo que crece es nuestra maestría de ser quienes somos. Exploramos más profundamente nuestra esencia y accedemos, finalmente, a estados de paz, armonía y amor que corresponden a nuestro estado natural, más allá de las emociones fluctuantes.
Comenzamos tomando consciencia de lo que está ocurriendo ahora: pensamientos, emociones, situaciones. Desde esa consciencia —sin resistencia al presente— surge, paso a paso, la claridad para la acción inspirada. Al mismo tiempo, se expande nuestra capacidad de estar con nosotros mismos.
Desde esta maestría personal es que podemos contener a otros. Desde el espacio interno que creamos al sostenernos con amor, nuestra sola presencia se transforma en apoyo y sanación para quienes nos rodean.
No podemos hacernos cargo del dolor de otros. Pero sí podemos fortalecer nuestra capacidad de trascender nuestro propio dolor, anclarnos en nuestro Estado de Ser natural —esa parte de nosotros que no sufre y es profundamente sabia— y acompañar desde ahí.
En tiempos de crisis personales y colectivas, estamos profundamente conectados. Al hacer un trabajo interno consciente, no solo nos ayudamos a nosotros mismos, sino que también sostenemos y apoyamos a quienes nos rodean.
Si quieres acelerar resultados internos y externos en tu vida a través de la Creación Consciente no olvides revisar nuestro Diplomado en Creación Consciente Transformación Personal clic acá.
